Mi vida en el paraíso

 Llegué al paraíso con una buena edad, los catorce años recién cumplidos. A esa edad, fui apartado del mundo y recluido en un entorno de placer, amor y belleza prácticamente infinitos.

  Esto sucedió por causa del amor de mi madre. Una buena madre solo desea la felicidad para su hijo. Mamá, que durante tres años tuvo que mantenerse, por necesidad económica, distanciada de mí (al cuidado de mi no muy querido padre), cuando me recuperó, decidió que yo viviera en el paraíso.


  Mi padre me persiguió y, creo que, por amor propio, por maldad, logró desbaratar mi existencia en el paraíso. Esto pudo suceder debido a que las circunstancias objetivas no eran en todo favorables.


    A finales de junio del año 14, mamá vino a la ciudad de Sevilla para llevarme con ella. Vivía en Madrid, donde se había comprado un apartamento. Yo acababa de terminar mi curso de secundaria y solo pensaba en volver con mamá. Yo adoraba a mamá porque mamá era una mamá perfecta: cariñosa, alegre, dedicada. Mamá era un poco niña (me tuvo a los diecisiete) y yo, a mis trece, era bastante maduro, lo cual todavía hacía más deliciosa nuestra relación de amor filial. Que mamá me hubiera tenido que abandonar durante tres años, viniendo a visitarme solo de vez en cuando, había incrementado mi ansiedad por volver a estar con ella. Mi padre, que nunca había estado casado (ni había convivido) con mamá, y que tenía otros tres hijos de otras dos mujeres, estaba furioso. Me decía que mi madre era una loca, que el apartamento solo podía haberlo comprado ejerciendo la prostitución (mamá era una mujer pobre, sin estudios) y que viviendo con él, con mi madrastra (una buena persona) y mis dos hermanos pequeños (unos niños bastante buenos también), era donde yo podría realizarme como persona.

  Pero a mis trece años la única realización con la que soñaba era volver a estar con mamá.

  ¿Mamá estaba loca? Yo creo que no, aunque la cuestión es que, cuando llegamos a Madrid, al apartamento que ella había comprado (en efecto, con dinero ganado ejerciendo la prostitución), mamá procedió a violarme. Y yo me dejé violar porque adoraba a mamá.

  ¿Qué sentí aquella tarde de finales de junio, en aquella ciudad desconocida, en aquel apartamento al que acababa de llegar... mientras mi mamá me violaba?

  Amor, en todo momento. Mamá tiró de mí de la puerta del apartamento -que cerró de un nervioso empujón- hasta la gran cama del dormitorio y allí empezó a besarme en la boca, en el cuello, en las mejillas. Besaba y besaba. Encima de mí, su cuerpo cálido, suave, perfumado. Nunca nadie me había besado así, y menos mi joven mamá, una chica de treinta años que aparentaba menos (y cuyo rostro era muy parecido al mío).

  Mamá me besaba, me achuchaba, me aplastaba con su peso delicioso (¿cincuenta kilos?). Y me llamaba tesoro, cariño, ángel mío... mi amor.

  ¿Qué sentía? Sentía su amor. Y me decía que había algo muy raro, muy inesperado y hasta peligroso en todo aquello... pero que mamá me amaba y mamá podía hacer conmigo lo que quisiera, lo que quisiera...

  Llegó la noche y llegó otro día. Mamá me desnudó, me bañó. Me besó todo el cuerpo desnudo. Me masturbó, me hizo sexo oral, comió mi semen, me metió dentro de su cuerpo. Me besó el ano, me vistió de niña, me contó todas sus aventuras sexuales, que eran muchas.

  E incluso dijo, con estas mismas palabras: "cariño... no debería violarte... eres mi hijo... pero te quiero mucho".

  Y yo me liberé, diciéndole, con lágrimas en los ojos: "mamá, mamá... te quiero, mamá... te amo... tú haz lo que quieras conmigo... me gusta mucho..."

  "¿Sientes placer?", me preguntó, un poco temblorosa, para asegurarse...

  "Sí, mamá... siento mucho placer".

  Y mamá ya no dudó.

   Eran los meses de verano. Apenas salimos del apartamento. Hacíamos el amor todo el tiempo. Yo casi siempre llevaba puestos vestidos de mamá. Me gustaba mucho vestir como ella. Mamá jugaba a peinarme, a maquillarme como a una chica.

  Mamá me dijo que llevaba ya meses sin estar con un hombre. Nunca volvería a estar con un hombre. Sí, se había estado prostituyendo más de dos años, y con eso había ahorrado dinero para comprar un apartamento y reunir una suma en efectivo... pero en los últimos meses había conocido a unas mujeres maravillosas, inteligentísimas, elegantes... que le pagaban por darles placer, de mujer a mujer. 

  Mamá se había convertido en una prostituta para mujeres, algo bastante infrecuente.

  A mamá le encantaba. Lo haría gratis, me decía, pero casi todas eran muy ricas, porque eran muy inteligentes, y siempre le daban dinero. Eran sus amigas. Y yo debía conocerlas.

  Debido a las vacaciones de verano, mamá apenas se acostó con ellas durante aquellos meses de julio y agosto. Pero me habló de ellas y dijo que, cuando ellas me conocieran, también se enamorarían de mí. Que eran inteligentes y atrevidas, que iban contra el mundo de los hombres (el mundo de mi padre) y que les encantaría que ella, una mamá, violase por amor a un niño tan precioso y tan bueno como yo.

  En aquel verano, yo estaba sentado en la cama, entre los suaves almohadones, las sábanas, la colcha, desnudo. Mamá, desnuda, encima de mí, abrazada a mí. Dándome besos.

  "Mamá... me gusta mucho que me violes..."

  "¿Verdad que sí? Estoy loca de amor por ti... corderito. Te quiero violar todos los días, darte placer todos los días... Viviremos solo para hacer el amor... Cuando mis amigas te conozcan, también te violarán. Quiero verte desnudito, rodeado de siete, ocho, nueve mujeres hermosas que te besen y te besen..."

  "Y yo quiero siempre vestir de chica, mamá. Para parecerme a ti. No quiero ser un hombre. Quiero ser como una chica..."

  "Y mis amigas te comerán... te meterán en sus cuerpos... serás como... como el manjar de un banquete... Sí... te recubrirán de nata, de miel... te comerán... Vivirás entre mujeres, entre besos... Así vivirás siempre... Siempre con amor..."

  "Yo solo quiero estar contigo, mamá... Haz lo que tú quieras, todo lo que me haces, me gusta..."

  "No irás al colegio nunca más. No. No te mezclarás con hombres. Siempre estarás entre mujeres bonitas y cariñosas. Siempre haciendo el amor, siempre gozando, siempre entre besos..."

  "Yo solo quiero estar contigo, mamá... Dime cómo te gusta que te bese..."

  "Yo quiero verte gozar. Quiero que mis amigas te tomen y te besen y te besen... quiero verte gozar... Yo ahora te doy mucho placer... pero no te puedo ver bien mientras te doy placer... Quiero ver cómo otras mujeres te lo hacen. Muchas mujeres. Mujeres guapas, elegantes..."

  Cuando mi loca mamá le contó a sus "amigas" -en realidad, sus clientas, sus señoras- el amor puro y delicioso que tenía con su hijo de trece años, estas se asustaron. Esa loca estaba violando a su propio hijo y podrían relacionarla con ellas...

  Finalmente, ya pasado el tórrido verano, tres de ellas se atrevieron a visitarnos y a conocerme por fin. Para la ocasión, mamá me vistió como a una princesita, con un vestido rosa, con los labios pintados, flores en el pelo... Faltaba poco para que cumpliese catorce años, y yo estaba emocionado y un poco asustado de conocerlas.

  Se presentaron, muy precavidas, Sandra, una prestigiosa abogada, Ana, una importante ejecutiva y Emma, una aristócrata y rica heredera. Eran tres mujeres muy guapas y elegantes, que rondaban la cincuentena. Mamá estaba entusiasmada, dando por seguro que se enamorarían de mí y le ayudarían a hacerme vivir en el paraíso.

  Fue así como sucedió... aunque no como mi loca mamá lo imaginaba.

  Las tres se sentaron frente a mí, que estaba muy ruborizado, y me observaban, tratando de mantenerse tranquilas y evaluar todo lo que estaba sucediendo. Un chico travestido, que ciertamente parecía una muchacha bonita.. en presencia de su mamá, también vestida con coquetería y cuyo parecido físico conmigo resultaba aún más inquietante. Mamá estaba entusiasmada. Nos observaba, esperando el momento en que ellas se lanzarían sobre mí para darme un intenso placer en su presencia. Tenía muchas ganas de verme gozar entre varias mujeres que fuesen conmigo, a la vez, ávidas y dulces... como ella misma era conmigo. Pero tres. Y ella podría verlo todo...

  Sandra, Ana y Emma... inteligentes, atrevidas... hablaban conmigo. Mamá nos servía dulces y refrescos, y aguardaba, sonriente y entusiasmada.

  Mi actitud era diferente. Aquellas mujeres no eran tres locas. Yo me daba cuenta. Eran señoras. Eran mujeres maduras, inteligentísimas... Me interrogaban con cuidado. 

  Más tarde, Emma me contó: "desde el primer momento nos dimos cuenta de que tú eras consciente de lo que sucedía: de que podíamos hacer que metieran a tu mamá en la cárcel y por encima de todo querías protegerla."

  Sandra me contó: "eras un ser tan bello... vestido de chica, con aquellos ojos... y tu voz era suave y firme. Eras inteligentísimo, y muy valiente... y se notaba que estabas enamorado de tu mamá... y de que te dabas cuenta de lo arriesgado que era todo aquello. Con nosotras, te comportabas con humildad y respeto."

  Ana me contó: "Fui la primera en desearte. Me dije que ciertamente eras precioso, que quizá tu mamá no estaba tan loca. Si yo tuviera un hijo tan bello, tan dulce, tan sensible e inteligente ¿no lo violaría también?, ¿no dejaría que se enamorase de mí? Porque cuando se trata de amor, de amor puro y auténtico..."

  Ellas eran lesbianas. Ellas pagaban a una prostituta para que acudiera a sus despachos de ejecutivas a lamerlas bajo las faldas. Sí... podían no solo encubrir la violación de aquel muchacho... sino también participar en ello.

  Y mamá fue muy feliz.




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