Abuso sexual
Todo eso sucedió hace diez años. Yo era un niño y fui abusado sexualmente en el entorno familiar. Es imposible hablar de esto sin especificar semejante situación.
Tantas personas jóvenes que sufren. Trato de entender esas circunstancias. No pido que nadie entienda las mías.
Me da vergüenza hablar de ello. Porque no tengo derecho, no tengo derecho a hablar de ello.
Aún no había cumplido los catorce años cuando mi madre me violó. Pero nos amábamos, ¿cómo excusarlo? Quizá porque se daban circunstancias especiales.
Mi padre me decía que mamá estaba un poco loca. A mí me parecía que estaba muy sola, y que me necesitaba mucho. Yo tenía que estar con ella.
Cuando mi abuelo murió, mamá y yo quedamos en la más absoluta precariedad. No teníamos ni dónde vivir. La abuela perdió la cordura, unos parientes la recogieron y se la llevaron a su pueblo, después la mandaron a una residencia. No había más parientes. Mamá no tenía nada: era una mujer joven, pobre, sin ahorros ni propiedades, sin familia ni amigos, sin muchas posibilidades de obtener un buen empleo.
Yo también tenía a mi padre. Él si era un hombre rico, de mayor edad, casado con una mujer de cierto nivel que le había dado otros hijos. En realidad, antes de que yo naciera, mi padre ya había estado casado con otra mujer -la primera- que le había dado otro hijo. Yo tenía, en total, tres hermanos a los que no conocía.
Así que mi padre estaba plenamente integrado en la sociedad, mientras que ¿adónde puede ir una madre soltera joven, desamparada, con un hijo de nueve años?
Cuando murió el abuelo no hubo entierro. Él había donado su cuerpo a la Facultad de Medicina. La abuela se quedó en un rincón. Quería volver a su pueblo.
Recuerdo una especie de ruido de fondo. Llevar a la abuela al autobús. Subirnos con ella y llegar a un pueblo que nos parecía maldito. Y unos parientes groseros. La abuela ni se despidió de nosotros. Ella ya no pensaba en nada, murmuraba. Había perdido la razón. Y no era tan mayor.
Estuvimos cuatro horas esperando el bus de vuelta en aquel pueblo. Yo temía que mamá también perdiera la razón. Los hombres vulgares de aquel lugar la miraban con deseo. El estar acompañada de su hijo la defendía. Mamá era una pobre mujer guapa abandonada.
De vuelta en casa, estábamos agotados. Para colmo, había una crisis económica. Mamá solo tenía un pequeño certificado de estudios para ser auxiliar de enfermería. Había limpiado casas con la abuela. Muerto el abuelo, no tendríamos dinero ni para pagar el alquiler ni para comer. En dos meses tendríamos que marcharnos a la calle.
"Llamaré a tu padre". Hacía varios años que no hablaban. Yo apenas lo había visto alguna vez y vivía en otra ciudad.
"¿Eduardo?"
"¿Verónica?"
"Sí. ¿Te llamo en buen momento?"
"Sí, bueno... estoy en casa. ¿Qué ha pasado?, ¿le ha pasado algo al chico?"
"Murió mi padre, Eduardo. Y mi madre está enferma. Irrecuperable. No tenemos dinero."
"¿Quieres dinero?"
"No quiero dinero tuyo. Pero él... es tu hijo..."
"Tiene nueve años ya..."
"Él no da problemas. Yo trataré de arreglármelas..."
"¿Qué vas a hacer?"
"Ya veré. ¿Puedes hacerte cargo de... él?"
"Dile que se ponga".
"¿Eduardo?"
"Soy tu padre, Luis. Siento lo de tu abuelo... ¿Tú quieres venirte conmigo?"
"Yo quiero quedarme con mamá... Pero hemos hecho cuentas... y no podemos vivir."
"Tú sabes dónde vivo. Para ti tengo sitio y de todo. Tengo a mi esposa y dos hermanitos pequeños que tú aún no conoces. Si te comportas..."
"Yo quiero quedarme con mamá, pero ella dice que no puede ser."
"Entonces ¿no quieres venirte conmigo?"
"Mamá dice que lo haga. Que ella lo arreglará todo para nosotros más adelante".
"¿Qué es lo que piensa hacer?"
"No sé. Quizá buscar un hombre. Un marido."
"Ya. Ponme con ella".
"Dime".
"¿Le has dicho al niño que quieres buscarte un hombre?"
"Trabajando nunca podré tener suficiente. Apenas hay trabajo. No llega. Quizá preguntando a la asistenta social... Sigo gustando a los hombres, así que eso es lo que tengo."
"Ya. Pues sí, prefiero que el niño venga conmigo. Aquí estará bien. Mi esposa es una buena mujer. El negocio no está ya como antes, pero nos las arreglamos."
"Es tu hijo. Y es tan inteligente como tú. En otras cosas no es como tú."
"Es un niño. Que venga. Es mi hijo y lo quiero. En cuanto a ti..."
"Ya me las arreglaré".
Mamá me metió en el tren a la otra ciudad. Me decía que no me preocupara, que encontraría trabajo o a un hombre, un hombre bueno. Yo estaba inquieto y triste, al borde de las lágrimas. Apenas conocía a mi padre, y no me gustaba. Y no veía a mamá muy convencida acerca de su futuro. Sabía que mamá no tenía amigos, ni era muy inteligente, ni tampoco valerosa ni emprendedora. Solo era guapa, joven y buena persona. Sin mi y los abuelos ¿qué sería de ella?
Mi padre estaba tenso cuando me recogió. Lo acompañaba su esposa, una mujer a la que veía por primera vez.
Mi padre y mi madrastra vivían bien. Se habían enriquecido durante la expansión económica que precedió a la crisis. Mi padre como ingeniero, ella como arquitecta. Ahora tenían menos trabajo, pero la casa estaba pagada, así como los automóviles, y en la cuenta había buenos ahorros.
Transcurrieron cuatro años de separación.
Mamá se trasladó a la capital y nos veíamos en rápidas visitas, cada tantos meses. Nunca menos de tres. Mamá se alojaba en una modesta pensión y hablábamos durante un par de días. Muy rara vez se encontraba con mi padre y creo que solo una vez coincidió con la "arquitecta". No me daba detalles de cómo se ganaba la vida en la capital, lo cual incrementaba las sospechas a partir de la malevolencia de mi padre, que daba por seguro el que se dedicaba a la prostitución. Vagamente me decía que trabajaba "de camarera" o "de asistenta". A partir de cierto momento me dijo que estaba ahorrando y que podría comprar una casa en la capital, de modo que volveríamos a vivir juntos.
La vida con mi padre no era fácil. Mi padre era un hombre apuesto, viril, inteligente, de fuerte carácter. Aunque su mayor atención la tenía puesta en mis dos hermanitos pequeños -hijos de la arquitecta, niña y niño-, no perdía de vista que yo era su hijo mayor y que sacaba muy buenas notas en el colegio. Había una cuarta hermana, pero apenas la veía pues su primera esposa lo odiaba y había roto contacto con él.
Constantemente me exigía confianza y obediencia. Pero a mí él no me gustaba. Mi único modelo masculino era mi fallecido abuelo, un hombre humilde, amable y sensible, con sorprendentes inquietudes intelectuales pese a ser muy pobre. Mi padre era rico, pero de gustos vulgares, autoritario y hasta agresivo.
Mi madrastra era un poco mi asidero. La arquitecta era una mujer muy inteligente y bastante educada. Tras vencerse la desconfianza inicial, me la gané porque la ayudaba a cuidar de mis hermanitos, que enseguida me tomaron cariño. Yo era obediente, discreto y amable. No tenía nada contra ella. Mi buena relación con mi madrastra no gustó tampoco a mi padre. A veces discutían y varias veces la vi llorar. Mi padre, además, era un gran mujeriego. Mi madrastra parecía tener cierta dependencia de su marido.
Mi padre era un hombre atractivo, pero a mí no me atraía nada. No me interesaba ganarme su favor y él me odiaba por ello, pues tenía un gran amor propio.
Que mi madre estaba loca, que mi madre estaba haciendo de prostituta, que él la había dejado embarazada siendo adolescente como lo podía haber hecho cualquiera. Hasta le echaba la culpa del fracaso de su primer matrimonio. En realidad, según ciertos criterios, él había violado a mi madre, aprovechándose de su inocencia y pusilanimidad.
Y un verano, antes de que yo cumpliese los catorce años, por fin mamá volvió para llevarme con ella a la capital: había comprado una casa y disponía de recursos para los dos.
La despedida no fue fácil. Mi padre nos amenazó: podía contratar a un detective y demostrar que ella no estaba cualificada para hacerse cargo de mí; mi madrastra lloró porque había llegado a tomarme afecto; mis hermanitos me querían mucho y comprendieron que no volverían a verme, de modo que también lloraron.
Ni hice equipaje siquiera.
Y entonces vino el viaje en tren.
No era un viaje largo. Mamá y yo nos sentamos cómodamente en el vagón. Una hermosa mujer de treinta años y su hijo adolescente. Nos parecíamos físicamente bastante y despertábamos cierta atención y simpatía. Pasada la tensión de mi salida de la casa de mi padre, estábamos alegres y felices. Yo veía a mamá todavía más guapa, más elegante, más sensual. Mamá me miraba con amor, con entusiasmo.
En determinado momento, ella empezó a besarme como si yo fuera un niño pequeño, y yo, naturalmente, me azoré mucho, porque además nos estaba viendo todo el mundo. Una situación no muy rara entre mamás cariñosas y chicos que se están haciendo hombrecitos.
En voz baja, le pedí a mamá que parase sus efusiones.
Y durante medio segundo su mirada se endureció. Fue medio segundo pero me asustó mucho.
Después, su mirada se volvió a hacer dulce. Muy dulce. Y me susurró al oído un trato: no volvería a besarme en público, pero en casa podría hacer conmigo lo que quisiera. Acepté de inmediato.
Y a la llegada a casa, la casa que había comprado, en efecto, ejerciendo la prostitución, mamá me violó.
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Apenas entrar en la casa, tiró de mí, divertida, hacia la cama de matrimonio del dormitorio. Me echó sobre la cama y, puesta sobre mí, comenzó a besarme la cara, el cuello y el pecho. Sus besos me gustaron mucho. En la privacidad, sin que nadie los viera, gocé de su calidez, de su tierno y aromático peso sobre mí, de su coquetería y sus mimos entusiastas. Me besó en la boca y se frotó contra mis genitales a través de la ropa. Estábamos en verano.
Después se calmó. Me enseñó rápidamente el apartamento y me dio de comer. Refrescos, dulces, un sandwich de queso. Yo había madurado mucho y ella parecía la misma, pero menos triste, más decidida. Y había luego, sin duda, su sensualidad, una coquetería constante.
Después de comer, pareció volver a tomar impulso erótico. Ya estaba atardeciendo: me llevó al baño, me dijo que me cepillara los dientes, que hiciera pis y caca, y que me duchara. Insistió en que me enjabonara "los rinconcitos": mis genitales ("tus partes", dijo), mi ano, las orejas, los dedos de los pies. Me dejó media hora en el baño y yo me apliqué a la higiene personal, algo que no me era extraño (de hecho, yo había cuidado del baño de mis dos hermanitos pequeños). Cuando terminaba de ducharme, ella entró en el baño y me ayudó a secarme. La desnudez en su presencia me inquietó solo un poco: la sesión de besos y achuchones inicial ya me había indicado que mamá era mucho más cariñosa que mi seria madrastra. Pero no recordaba que mamá fuera tan tocona antes, cuando vivíamos con los abuelos.
Tras bañarme, no me hizo vestirme: me mandó desnudo a la cama, y entendí que íbamos a dormir juntos.
En el dormitorio, se fue haciendo de noche mientras mamá se bañaba a su vez. Yo no sabía que aquel ritual del baño era algo que ella acostumbraba de sus quehaceres como prostituta de lujo.
Pensé que sería raro dormir en la cama con mamá. Y además desnudo. Mamá tenía costumbres nuevas. Cómo me había besado, con que fruición. ¿Estaba mal que me besara tanto?, ¿que me besara en la boca y se frotara contra mi sexo? Pero, por otra parte, nadie nos veía. Mamá era dulce y cariñosa, y ahora estaba con ello, eso era lo que importaba. Si había cambiado un poco en su forma de ser, no parecía algo malo.
Ni se me pasó por la cabeza que "estuviese loca" como decía mi malvado padre. Mi madrastra nunca me dijo nada parecido. Nunca hablábamos de mi madre. Hablábamos de sus hijos, y a ella le gustaba lo que yo opinaba sobre ellos.
Mamá entró en el dormitorio con un precioso camisón de verano. No dijo nada. Se metió en la cama conmigo y comenzó a besarme de nuevo, pero esta vez me besó todo el cuerpo. Quitó el cobertor y besó y besó.
Con mi piel sensibilizada con el baño, me excité. Tuve un orgasmo, eyaculé, mamá comió mi semen y celebró su sabor. Me di cuenta de que lo que había pasado era inusual, pero lo asumí.
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